Los polvos de la Condesa. Ricardo Palma (1833-1919)
EL ARBOL DE LA QUINA Y LA QUININA*
En una tarde de Junio del año de 1631, las campanas todas de las iglesias de Lima plañían fúnebres rogativas y los monjes de las cuatro órdenes relijiosas que á la sazón existían, congregados en pleno coro, entonaban salmos y preces.
Los habitantes de la tres veces coronada ciudad cruzaban los protales de Escribanos y Botoneros con aire mústio, deteniéndose frente á la puerta lateral del palacio de los vireyes.
En éste, todo se volvia entradas y salidas de personajes mas ó menos caracterizados.
No se diria sino que acababa de dar fondo en el Callao un galeon con importantísimas nuevas de España; tanta era la ajitación palaciega y popular, o que, como en nuestros democráticos días, se estaba realizando uno de aquellos golpes de teatro á que sabe dar pronto término la justicia de cuerda y hoguera.
Los sucesos como el agua deben beberse en la fuente, y por esto, con vénia del capitán de alabarderos que estaba de faccion en la susodicha puerta, penetraremos, lector, si te place mi compañía, en un recamarin de palacio.
Hallábanse en él el Excélentisimo Sr. Don Luis Fernandez de Cabrera, conde de Chinchon, virey de estos reinos del Perú por Su Majestad Felipe IV y su íntimo amigo el marques de Zárate. Ambos estaban silenciosos y mirando con avidez a una puerta, la que al abrirse dio paso a un nuevo personaje.
Era este un anciano. Vestia calzon de paño negro a media pierna, calzas del mismo color, zapato con hebilla de piedra, casaca y chaleco de terciopelo, pendiendo de este último una gruesa cadena de plata con enormísimos sellos. Si añadimos que gastaba guantes de gamuza habrá el lector reconocido el perfecto tipo de un esculápio de aquella época.
Era el doctor Don Cleto Martinez1, nativo de Cataluña, y recien llegado al Perú en calidad de médico del Virey, una de las lumbreras de la ciencia que enseña á matar en latín por medio de un récipe.
--Y bien, Don Cleto?-le interrogó el Vírey mas con la mirada que con la palabra.
--Señor, no hay esperanza. Solo un milagro puede salvar á Doña Leonor2.
Y Don Cleto se retiró con aire compunjido.
Este corto diálogo basta para que el lector menos avisado conozca de qué se trata..
El Virey habia llegado á Lima en Enero de 1629 con su bellísima y joven esposa Doña Leonor, la que poco tiempo despues se sintio atacada de esa fiebre periodica que se designa con el nombre de terciana y que era considerada por los Incas como endémica en el valle del Rimac. Sabido es que cuando en 1378 Pachacutec, llamado el reformador, envió un ejército de treinta mil cuzqueños a la conquista de Pachacamac, perdió lo mas florido de sus tropas , á estragos de la terciana. En los primeros siglos de la dominacion europea, los españoles que se avecindaban en Lima pagaban también tributo á esta terrible enfermedad, de las que muchos sanaban sin especifico conocido, y á no pocos arrebataba el mal.
La condesa de Chinchon estaba deshauciada. La ciencia, por boca de su oráculo Don Cleto, habia fallado.
--Tan joven y tan bella! - decia a su amigo el desconsolado esposo. -Pobre Leonor! ¿Quién te habria dicho que no volerias á ver tu cielo de Andalucía ni los cármenes de tu Granada? Sálvala Dios mio! Un milagro, Señor! un milagro!
--Se salvará la condesa, excelentísimo señor - contestó una voz en la puerta de la habitación.
El virey se volvió sorprendido.
Era un sacerdote, un hijo de Ignacio de Loyola, el que habia pronunciado tan consoladoras palabras.
El conde de Chinchon se inclinó ante el jesuita. Este continuó:
--Quiero ver a la Vireina. Tenga vuecencia fé y Dios hará el resto.
El Virey condujo al sacerdote al lecho de la moribunda.
-II-
Un mes despues se daba una gran fiesta en palacio, en celebracion del restablecimiento de Doña Leonor.
La virtud febrífuga de la Cascarilla quedaba descubierta.
Atacado de fiebres un indio de Loja llamado Pedro de Leiva, bebió para calmar los ardores de la sed, del agua de un remanso, en cuyas orillas crecianm algunos árboles de quina. Salvado así, hizo la experiencia de dar á beber a otros enfermos del mismo mal, cántaros de agua en los que depositaba las raíces de Cascarilla. Con su descubrimiento vino a Lima y lo comunicó á un jesuita, el que realizando la feliz curacion de la Vireina, hizo a la humanidad mayor servicio que el del fraile que inventó la pólvora.
Os jesuitas guardaron por algunos años el secreto y á ellos acudía todo el que era atacado de tercianas. Por eso durante mucho tiempo los polvos de la corteza de quina se conocian bajo el nombre de polvos de los jesuitas.
El Doctor Scrivener dice que un médico inglés, Mr. Talbor, curó con la quinina al Príncipe de Condé, al Delfin, a Colbert y otros personajes, vendiendo el secreto al gobierno francés por una suma considerable y una pension vitalicia.
Linneo, tributando en ello un homenaje á la vireina condesa de Chinchon, señalo á la quina el nombre que hoy le dá la ciencia - Chinchona.
En cuanto al pueblo de Lima, hasta hace pocos años conocía los polvos de la corteza de este árbol maravilloso con el nombre de polvos de la condesa.
Ricardo Palma
Lima, Octubre 15, 1872
* Los hechos históricos son diferentes, fascinantes, que vale la pena recrear.
En una tarde de Junio del año de 1631, las campanas todas de las iglesias de Lima plañían fúnebres rogativas y los monjes de las cuatro órdenes relijiosas que á la sazón existían, congregados en pleno coro, entonaban salmos y preces.
Los habitantes de la tres veces coronada ciudad cruzaban los protales de Escribanos y Botoneros con aire mústio, deteniéndose frente á la puerta lateral del palacio de los vireyes.
En éste, todo se volvia entradas y salidas de personajes mas ó menos caracterizados.
No se diria sino que acababa de dar fondo en el Callao un galeon con importantísimas nuevas de España; tanta era la ajitación palaciega y popular, o que, como en nuestros democráticos días, se estaba realizando uno de aquellos golpes de teatro á que sabe dar pronto término la justicia de cuerda y hoguera.
Los sucesos como el agua deben beberse en la fuente, y por esto, con vénia del capitán de alabarderos que estaba de faccion en la susodicha puerta, penetraremos, lector, si te place mi compañía, en un recamarin de palacio.
Hallábanse en él el Excélentisimo Sr. Don Luis Fernandez de Cabrera, conde de Chinchon, virey de estos reinos del Perú por Su Majestad Felipe IV y su íntimo amigo el marques de Zárate. Ambos estaban silenciosos y mirando con avidez a una puerta, la que al abrirse dio paso a un nuevo personaje.
Era este un anciano. Vestia calzon de paño negro a media pierna, calzas del mismo color, zapato con hebilla de piedra, casaca y chaleco de terciopelo, pendiendo de este último una gruesa cadena de plata con enormísimos sellos. Si añadimos que gastaba guantes de gamuza habrá el lector reconocido el perfecto tipo de un esculápio de aquella época.
Era el doctor Don Cleto Martinez1, nativo de Cataluña, y recien llegado al Perú en calidad de médico del Virey, una de las lumbreras de la ciencia que enseña á matar en latín por medio de un récipe.
--Y bien, Don Cleto?-le interrogó el Vírey mas con la mirada que con la palabra.
--Señor, no hay esperanza. Solo un milagro puede salvar á Doña Leonor2.
Y Don Cleto se retiró con aire compunjido.
Este corto diálogo basta para que el lector menos avisado conozca de qué se trata..
El Virey habia llegado á Lima en Enero de 1629 con su bellísima y joven esposa Doña Leonor, la que poco tiempo despues se sintio atacada de esa fiebre periodica que se designa con el nombre de terciana y que era considerada por los Incas como endémica en el valle del Rimac. Sabido es que cuando en 1378 Pachacutec, llamado el reformador, envió un ejército de treinta mil cuzqueños a la conquista de Pachacamac, perdió lo mas florido de sus tropas , á estragos de la terciana. En los primeros siglos de la dominacion europea, los españoles que se avecindaban en Lima pagaban también tributo á esta terrible enfermedad, de las que muchos sanaban sin especifico conocido, y á no pocos arrebataba el mal.
La condesa de Chinchon estaba deshauciada. La ciencia, por boca de su oráculo Don Cleto, habia fallado.
--Tan joven y tan bella! - decia a su amigo el desconsolado esposo. -Pobre Leonor! ¿Quién te habria dicho que no volerias á ver tu cielo de Andalucía ni los cármenes de tu Granada? Sálvala Dios mio! Un milagro, Señor! un milagro!
--Se salvará la condesa, excelentísimo señor - contestó una voz en la puerta de la habitación.
El virey se volvió sorprendido.
Era un sacerdote, un hijo de Ignacio de Loyola, el que habia pronunciado tan consoladoras palabras.
El conde de Chinchon se inclinó ante el jesuita. Este continuó:
--Quiero ver a la Vireina. Tenga vuecencia fé y Dios hará el resto.
El Virey condujo al sacerdote al lecho de la moribunda.
-II-
Un mes despues se daba una gran fiesta en palacio, en celebracion del restablecimiento de Doña Leonor.
La virtud febrífuga de la Cascarilla quedaba descubierta.
Atacado de fiebres un indio de Loja llamado Pedro de Leiva, bebió para calmar los ardores de la sed, del agua de un remanso, en cuyas orillas crecianm algunos árboles de quina. Salvado así, hizo la experiencia de dar á beber a otros enfermos del mismo mal, cántaros de agua en los que depositaba las raíces de Cascarilla. Con su descubrimiento vino a Lima y lo comunicó á un jesuita, el que realizando la feliz curacion de la Vireina, hizo a la humanidad mayor servicio que el del fraile que inventó la pólvora.
Os jesuitas guardaron por algunos años el secreto y á ellos acudía todo el que era atacado de tercianas. Por eso durante mucho tiempo los polvos de la corteza de quina se conocian bajo el nombre de polvos de los jesuitas.
El Doctor Scrivener dice que un médico inglés, Mr. Talbor, curó con la quinina al Príncipe de Condé, al Delfin, a Colbert y otros personajes, vendiendo el secreto al gobierno francés por una suma considerable y una pension vitalicia.
Linneo, tributando en ello un homenaje á la vireina condesa de Chinchon, señalo á la quina el nombre que hoy le dá la ciencia - Chinchona.
En cuanto al pueblo de Lima, hasta hace pocos años conocía los polvos de la corteza de este árbol maravilloso con el nombre de polvos de la condesa.
Ricardo Palma
Lima, Octubre 15, 1872
* Los hechos históricos son diferentes, fascinantes, que vale la pena recrear.

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